05. agosto. 2017 / Sábado. El sol ardiente en la cal de las paredes, el polvo denso en los caminos, en las rocas amarillas, el perfil de las lomas al caer la tarde, el azul distante del mar a lo lejos, la extensión ilimitada del mundo que guarda un desierto. Estos días me enseñan sin saberlo a valorar los pequeños triunfos que suceden en nuestra vida privada. La gloria está en poder decir quién soy. 

06. agosto. 2017 / Domingo. ¿Escribes para algo? ¿Tienes algún secreto propósito? No escribo estas notas según un plan preestablecido. No sigo un destino, ninguna intención, ningún propósito. Solo me siento y me dedico a escribir como un ejercicio de escucha y encuentro ante el papel. Recuerdo ahora unos versos de Claudio Rodríguez como un inaudible himno de celebración: “¡Oíd cómo hemos tenido día tras día / tanta pureza al lado nuestro, en casa, / y hemos seguido sordos!”.

09. agosto. 2017 / Miércoles. Me encuentro con esas fotos de los pasaportes en el cajón de una mesita. Algo ajenas y disonantes, paso un buen rato mirándolas, interrogándolas con curiosidad. Siempre pasa lo mismo: el retrato termina por parecerse muy poco al retratado. Para Sergio Pitol ser escritor es precisamente eso “convertirse en un extraño, en un extranjero”, en una especie de heterónimo que se refiere siempre a nosotros, un doble para que puedan confundirnos con él.

29. julio. 2017 / Sábado. Últimamente escribo poco aquí. Lara me dice que soy la poeta de los silencios que no se postergan. No sabe ella cuánto.

De vuelta a casa me encuentro al paso con la placa que ostenta orgullosa en la entrada una cervecería: “Fundada en 1990”. Y me sonrió, claro, por entonces ya llevaba unos cuantos años por aquí.

30. julio. 2017 / Domingo. Copio una cita de la columna semanal de Pedro, el consejo que Louis Aragon le dio a un joven poeta: “hay que saber aburrirse; utilizar el aburrimiento como el mejor abono para la creación”.

31. julio. 2017 / Lunes. Último día del mes julio. Paseo esta mañana a primera hora, cuando aún quiere refrescar y la ciudad está tranquila. Voy hasta el Café del Arco donde pido un zumo de naranja y tomo el periódico. Leo un par de noticias y busco el horóscopo: “Se olvida con facilidad de los amigos del pasado. Encontrará en su casa una suma de dinero olvidada. Debido a su constancia, conseguirá un buen trabajo. Cuide sus oídos, especialmente si practica natación o buceo”. Me pregunto quién escribe esto del horóscopo y si debe hacerlo para los lectores o con una opinión responsable.

 

De todos los rasgos específicos de la obra y pensamiento de Duchamp, uno de los más fascinantes es el término infraleve. Para el artista francés viene a definir el gesto mínimo, sutil, apenas perceptible: el calor de un asiento que acaba de dejarse, el sonido del roce de los pantalones al caminar, las puertas del metro cuando alguien pasa en el último momento, las caricias, el aliento vital sobre los espejos.

Lo posible es un infraleve, dijo Duchamp. En el fondo, se trata de la expresión mínima, la energía latente, perdida, que habla de lo que queda y lo que sobra, lo que no puede ser medido, lo que resta sin resto apenas perceptible y sin embargo. Apostar por lo infraleve permite un cambio de percepción sobre el conjunto de pequeños y casi inadvertidos cambios que suceden a diario en el ámbito de lo cotidiano.

La obra Aire de París habla por sí misma de esta idea, al tiempo que constituye un ready-made fundamental en la obra de Marcel Duchamp. La pieza es en sí misma una ampolla farmacéutica, vaciada de su contenido y envuelta de misterio. En 1919, los coleccionistas estadounidenses Walter y Louise Arensberg piden al artista que les traiga de su viaje a Europa novedades y aires de París. Durante su estancia, el francés piensa en llevarles un regalo de la ciudad. Se dirigió entonces a una farmacia donde pidió una ampolla de vidrio y construyó una gota de cristal con aire de París. A su regreso en Estados Unidos, ofrece a sus amigos una frágil y bella burbuja de vidrio en la que se depositan 50 cc del aire de París. La pieza es la cápsula protectora que guarda y envuelve el aire de una ciudad valiosa y vital para un Duchamp que en más de una ocasión se definió a sí mismo como un «respirador».

Bien mirado, Aire de París (1919) como infraleve no deja de ser una forma de señalar instantes en la contemplación de la vida cotidiana como el asunto en el que reside la verdadera materia del arte. Como el vaho sobre las superficies pulidas, el sabor del humo que queda en la boca al fumar, la distancia que separa a la sombra del suelo. Lo infrafino de nuevo, el gesto tenue, sutil, que queda en la orilla de las cosas. Algo parecido a lo que sucede en el conocido poema de Borges, titulado «Los justos». Algo así, gestos que se ignoran y parecen estar salvando el mundo a cada instante.

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

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[Publicado en Letras de Contestania, 29/03/2017]

17. marzo. 2017 / Viernes. La línea desnuda del fruto en su rama, que revela su trazo limpio, a la intemperie, que parece decir un callar más hondo, lo frágil que es la vida. Nos detenemos un momento por mirar.

19. marzo. 2017 / Domingo. Tomo un Cercanías hacia Alicante. Qué corto el trayecto de ida y, sin embargo, a la vuelta se me hace eterno. No diría que es el mismo camino. Y no lo es. Regreso en un tren nocturno. El paisaje se ha borrado en la ventanilla, no se extiende, hace la noche, a contraluz en el lenguaje.

26. marzo. 2017 / Sábado. Visita a Sebastian Melmoth, una pequeña tienda, gabinete de curiosidades y rarezas, absolutamente imprescindible en Valencia. Acudimos allí por puro deleite, casi con la excusa de adquirir nuevas libretas donde tomar notas, algún poema. Me quedo prendida de un cuaderno en piel tostada y tapa dura, muy sencillo, casi espartano. Me gusta su cierre con cinta de goma y el detalle de estar formado por dos libretas interiores recambiables, de un papel blanco de cierto gramaje que permite que la tinta no pierda su trazo y no traspase la hoja. Me gusta también su tamaño: once centímetros y medio por diecisiete centímetros y medio. Me gusta tocar sus tapas, su lomo, pasar sus páginas en blanco de cuaderno nuevo.

arbol

16. febrero. 2017 / Jueves.  Nadie lo sabe aún, acabo de quedarme encerrada en el ascensor. No sé si estoy entre dos pisos o a la altura del primero. No sé cuánto tiempo me va a llevar estar aquí, parece que será un buen rato a solas. Toco la campana de emergencia. No pasa nada. No pasa nadie. En el teléfono la operadora me pregunta si tengo luz en la cabina. Me siento entonces alguien con suerte.

25. febrero. 2017 / Sábado. En la biblioteca me distraigo. Levanto la cabeza del libro como el pájaro cuando bebe antes de volver al agua. Me entretengo en el placer de mirar cómo otros leen. ¿Qué leen los que leen? ¿Dónde están tan lejos de quien mira?

26. febrero. 2017 / Domingo. El canto de los vencejos, este fervor antiguo de la tarde. Todo ahora parece estar a punto de mudar, hacerse otra cosa. Apunto aquí este gozo. Anoto la noche, nuevamente.

casa03. febrero. 2017 / Viernes. Son las diez y catorce minutos en el reloj digital de la sala. Las diez y dieciséis minutos en el reloj del teléfono móvil. Las diez y trece minutos en el reloj que marca los quince grados de esta mañana. Nadie lo diría: siempre es el mismo día, pero jamás la misma hora. Tan exactos y artificiales, la precisión tiránica de los relojes digitales es la primera mentira de la vida social. El reloj de pulsera con manecillas no solo debería quedarse, sino regresar.

04. febrero. 2017 / Sábado. Mira de qué manera va cayendo la tarde. Qué breve el signo de un solo día. ¿Cómo podré callarme esta hora, esta entrega de estar solos bajo el sol de invierno? Es gratitud la tarde que acaba y va marchándose. Una a una, a cada instante, su luz se dice en cada cosa. 

05. febrero. 2017 / Domingo. Sobre la mesa, el pan desnudo. Una granada: su resplandor. Desde el balcón llegan risas de niños. Escribo poco de estos días hermosos, que son míos, porque no se dicen, ni se registran, ni se marcan.

06. febrero. 2017 / Lunes. Después del trabajo paso por la biblioteca y, como siempre, la devolución de préstamos es la excusa para volver con libros bajo el brazo. Al llegar a casa, comienzo con la lectura de Guardar las formas, el libro de relatos de Alberto Olmos que publicó el pasado año Random House. Leo con ganas. Me están gustando mucho sus finales abruptos, cerrados, secos, sin dilaciones. Después de cada relato, acabo siempre recomendando la lectura a O. Le digo que es perfecto para las sesiones que montan en Santa Maca.

Las películas tienen la música final y los títulos de crédito. Los conciertos se cierran con bises o aplausos. Pero los libros nada. Nada suaviza su vacío final al pasar la última página. Hay libros así, que hacen pensar en el lector como sujeto deseante. Leer es desear. Leer es desear que un libro no se acabe nunca.

09. febrero. 2017 / Jueves. No escribo para Google. No pienso en el SEO. No me importan las técnicas de posicionamiento. No mantengo regularidad en las publicaciones. Últimamente, las entradas no dan enlace a redes sociales. Durante un tiempo, incluso, no añadía imágenes. Ahora me ha dado por no utilizar etiquetas, ni tags, ni keywords. No incluyo vídeos, ni enlaces externos. No hay mucho feed-back, ni branding. A veces ni comparto en redes las entradas más recientes. Y no importa. De hecho, no me importa nada.

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18. enero. 2017 / Miércoles. Un copo cae de la hoja de un árbol: nieva toda la mañana. El día me entrega este regalo, el que no he pedido. Hago esta foto y la subo a las redes sociales. No lo digo, pero comparto una alegría inesperada. Todas las mañanas del mundo carecen de retorno, dice Pascal Quignard. Este día también. Hoy hace treinta y dos inviernos que estoy aquí.

19. enero. 2017 / Jueves. Me doy cuenta que tiendo a escribir en la página derecha del cuaderno más que en la izquierda. No significa nada, ¿pero de dónde viene?

20. enero. 2017 / Viernes. Hablo con R. Hace unos años dejó las redes sociales. Entiendo mejor que nunca su decisión. Le comento mi alejamiento paulatino. Hace tiempo que también estoy en esa tesitura. Me cansa todo este asunto de la hiperconectividad, la inmediatez, la hiperconversación, la sociabilidad continua, el exceso de palabras, la ausencia de contenidos. Si hace unos años se daban por acabados los blogs, en medio de este contexto es cuando pueden recuperar todo su sentido.

21. enero. 2017 / Sábado. Cena en el restaurante de Sergio Martínez. Encuentro con amigos, los recientes, los de siempre, los que no se acaban nunca. Brindamos. Celebramos la amistad como merece. Soplo las velas sobre una tarta de Ferrero.

22. enero. 2017 / Domingo. Desayuno tarde en el Café del Arco. Me espera O. con periódicos y revistas. No hay plan mejor un domingo por la mañana. Luego todo el día en casa al resguardo del frío y enlazando varios capítulos de series. No soy buena espectadora de series. No me gusta que me dejen con un continuará. No me perece natural esa espera. Pero hoy le dejo al día estar. Luego un paseo antes de cenar para despedirnos de Miriam y José. Ahora, leo el libro de Rose Ausländer y en un rato me iré a la cama.