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16. febrero. 2017 / Jueves.  Nadie lo sabe aún, acabo de quedarme encerrada en el ascensor. No sé si estoy entre dos pisos o a la altura del primero. No sé cuánto tiempo me va a llevar estar aquí, parece que será un buen rato a solas. Toco la campana de emergencia. No pasa nada. No pasa nadie. En el teléfono la operadora me pregunta si tengo luz en la cabina. Me siento entonces alguien con suerte.

25. febrero. 2017 / Sábado. En la biblioteca me distraigo. Levanto la cabeza del libro como el pájaro cuando bebe antes de volver al agua. Me entretengo en el placer de mirar cómo otros leen. ¿Qué leen los que leen? ¿Dónde están tan lejos de quien mira?

26. febrero. 2017 / Domingo. El canto de los vencejos, este fervor antiguo de la tarde. Todo ahora parece estar a punto de mudar, hacerse otra cosa. Apunto aquí este gozo. Anoto la noche, nuevamente.

casa03. febrero. 2016 / Viernes. Son las diez y catorce minutos en el reloj digital de la sala. Las diez y dieciséis minutos en el reloj del teléfono móvil. Las diez y trece minutos en el reloj que marca los quince grados de esta mañana. Nadie lo diría: siempre es el mismo día, pero jamás la misma hora. Tan exactos y artificiales, la precisión tiránica de los relojes digitales es la primera mentira de la vida social. El reloj de pulsera con manecillas no solo debería quedarse, sino regresar.

04. febrero. 2016 / Sábado. Mira de qué manera va cayendo la tarde. Qué breve el signo de un solo día. ¿Cómo podré callarme esta hora, esta entrega de estar solos bajo el sol de invierno? Es gratitud la tarde que acaba y va marchándose. Una a una, a cada instante, su luz se dice en cada cosa. 

05. febrero. 2016 / Domingo. Sobre la mesa, el pan desnudo. Una granada: su resplandor. Desde el balcón llegan risas de niños. Escribo poco de estos días hermosos, que son míos, porque no se dicen, ni se registran, ni se marcan.

06. febrero. 2016 / Lunes. Después del trabajo paso por la biblioteca y, como siempre, la devolución de préstamos es la excusa para volver con libros bajo el brazo. Al llegar a casa, comienzo con la lectura de Guardar las formas, el libro de relatos de Alberto Olmos que publicó el pasado año Random House. Leo con ganas. Me están gustando mucho sus finales abruptos, cerrados, secos, sin dilaciones. Después de cada relato, acabo siempre recomendando la lectura a O. Le digo que es perfecto para las sesiones que montan en Santa Maca.

Las películas tienen la música final y los títulos de crédito. Los conciertos se cierran con bises o aplausos. Pero los libros nada. Nada suaviza su vacío final al pasar la última página. Hay libros así, que hacen pensar en el lector como sujeto deseante. Leer es desear. Leer es desear que un libro no se acabe nunca.

09. febrero. 2016 / Jueves. No escribo para Google. No pienso en el SEO. No me importan las técnicas de posicionamiento. No mantengo regularidad en las publicaciones. Últimamente, las entradas no dan enlace a redes sociales. Durante un tiempo, incluso, no añadía imágenes. Ahora me ha dado por no utilizar etiquetas, ni tags, ni keywords. No incluyo vídeos, ni enlaces externos. No hay mucho feed-back, ni branding. A veces ni comparto en redes las entradas más recientes. Y no importa. De hecho, no me importa nada.

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18. enero. 2016 / Miércoles. Un copo cae de la hoja de un árbol: nieva toda la mañana. El día me entrega este regalo, el que no he pedido. Hago esta foto y la subo a las redes sociales. No lo digo, pero comparto una alegría inesperada. Todas las mañanas del mundo carecen de retorno, dice Pascal Quignard. Este día también. Hoy hace treinta y dos inviernos que estoy aquí.

19. enero. 2016 / Jueves. Me doy cuenta que tiendo a escribir en la página derecha del cuaderno más que en la izquierda. No significa nada, ¿pero de dónde viene?

20. enero. 2016 / Viernes. Hablo con R. Hace unos años dejó las redes sociales. Entiendo mejor que nunca su decisión. Le comento mi alejamiento paulatino. Hace tiempo que también estoy en esa tesitura. Me cansa todo este asunto de la hiperconectividad, la inmediatez, la hiperconversación, la sociabilidad continua, el exceso de palabras, la ausencia de contenidos. Si hace unos años se daban por acabados los blogs, en medio de este contexto es cuando pueden recuperar todo su sentido.

21. enero. 2016 / Sábado. Cena en el restaurante de Sergio Martínez. Encuentro con amigos, los recientes, los de siempre, los que no se acaban nunca. Brindamos. Celebramos la amistad como merece. Soplo las velas sobre una tarta de Ferrero.

22. enero. 2016 / Domingo. Desayuno tarde en el Café del Arco. Me espera O. con periódicos y revistas. No hay plan mejor un domingo por la mañana. Luego todo el día en casa al resguardo del frío y enlazando varios capítulos de series. No soy buena espectadora de series. No me gusta que me dejen con un continuará. No me perece natural esa espera. Pero hoy le dejo al día estar. Luego un paseo antes de cenar para despedirnos de Miriam y José. Ahora, leo el libro de Rose Ausländer y en un rato me iré a la cama.

08. enero. 2016 / Domingo. El artículo de Olga Muñoz Carrasco sobre la poesía de William Carlos William. La crítica de Carlos F. Heredero. La entrevista a Jim JarmuschEl estreno de Paterson es celebrado en el número de diciembre por la revista Caimán. No es para menos. Jarmusch lleva a cabo su última película una celebración de la vida y una defensa del arte como forma de relación con lo cotidiano. Es bueno reparar en lo pequeño y en lo no importante, parece decirnos Jarmusch. Algo de todo esto me recuerda al francés Michel de Certeau, a sus estudios sobre la cotidianidad y el sencillo encanto transgresor que en sí misma es capaz de mantener. “El cine definitivamente nos ayuda a vivir”, concluye Heredero en su artículo. Y tiene razón. La buena literatura también.

09. enero. 2016 / Lunes. Pablo d’Ors: “Lo más decisivo de  cualquier actividad es el comienzo: la energía que se imprime, el aliento o entusiasmo primeros”.

11. enero. 2016 / Miércoles. Ah, las librerías. Comienzo a entretenerme ahí hojeando libros y termino deseándolos todos. Estas Navidades dí con Pequeños tratados, el libro de Pascal Quignard que ha publicado magníficamente bien Sexto Piso. Aunque pude resistirme entonces, me lo terminaron regalando inesperadamente por Reyes el 6 de enero. No son ni ensayos ni ficciones, sino algo que no cabe en ningún género. Aporías, fragmentos de cuentos, vestigios. “Siempre he amado las cosas rechazadas”, dice Quinard. Y cada página es un regalo que disfruto y saboreo. En una  de ellas encuentro una sutil declaración de fe en la escritura: “A veces se lee, o se escucha: No hay arte menos costoso, más accesible, ni más democrático. Ninguna condición lo somete: de día y de noche, en verano como en invierno, etc. Escribir: un pedazo de papel y un lápiz”.

12. enero. 2016 / Jueves. En la habitación hay un sofá, un televisor, una mesita de luz. No se ven libros, algún cuadro, alguien que pasa. Eso que imaginamos de los otros a través de las ventanas.

El pasado año estuvo lleno de buenas lecturas. Buenas pero también dispares y algo anárquicas, todo sea dicho. Como no me guío únicamente por la actualidad y visito con cierta regularidad la biblioteca, suelo leer a lo largo del año algún que otro título fuera de las mesas novedades que tuvo notoriedad en temporadas pasadas. Eso sí, siempre leo en papel. Qué le voy a hacer. Mi querencia libresca es analógica, radicalmente. Me gustan los libros porque se pueden tocar, guardar, coleccionar. Me gusta aquello que decía Robert Gottlieb, que consideraba que publicar es esencialmente el acto de hacer público el propio entusiasmo. En cierto modo, esta entrada es eso mismo también: otra forma de compartir el entusiasmo. El que intuyo. El que está por venir. Estos son tres libros de 2016 que me entusiasmaran en 2017. Lo sé.

Rosa Ausländer, Aún queda mucho por decir, Sexto Piso.

Pascual Quinard, Pequeños tratados, Sexto Piso.

Jiro Taniguchi, Tomoji, Ponent Mon.

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31. diciembre. 2016 / Sábado. Hoy ha pasado un año. Un año son treinta y siete entradas. Puede parecer poco, pero esto es lo que ha dado de sí el blog en 2016. Es lo que deja ahora que acaba. El año pasado fue más cuantioso, al menos, esa es mi sensación. En esas últimas entradas le daba la razón a Philippe Lejeune cuando decía que los diarios en internet son mucho menos melancólicos que los diarios íntimos. Hablaba entonces de cenas, de libros, de ciudades que orillan al mar, de conversaciones con amigos, del día en que Rosa me dijo que le iba a tocar la lotería de Navidad. Hoy ha pasado un año. Leo de nuevo las palabras de Isabel Bono. Deseo, un año más, que “lo pequeño nos salve de lo que nos aplasta”. Y espero a que lleguen las palabras.

 

el-ultimo-minuto30. diciembre. 2016 / Viernes. Siempre hay una primera vez. Y una última. Así sucede la última visita, la última conversación, la última despedida, el último abrazo, el último beso. Casi nunca sabemos cuando es la última vez que hacemos algo que importa. La mayoría de las veces estos momentos no revelan su carácter decisivo, la disposición final que los orienta, su acabamiento. Mañana será distinto. El paso del tiempo marcará las horas más humildes del día. Así sucederá el último café, la última llamada o el último paseo. Por eso hoy escojo quedarme con con el momento previo, el instante anterior al comienzo de las cosas de todos los días, las que no cesan, ni se azoran antes de nacer. Y siguen y continúan para que lleguen palabras, encuentros, poemas como todos los que aguardan hasta el año que viene.