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Archivos Mensuales: marzo 2014

Esta tarde husmeando en la biblioteca me asalta Roland Barthes con Fragmentos de un discurso amoroso, un libro de lectura necesaria al que volver una y otra vez. Un libro a medio camino entre la actual entrada de blog y la breve anotación narrativa:

“El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal voz una forma literaria de este coitus reservatus: el galanteo).”

Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Madrid: Siglo XXI, 2000

 

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Hace poco viste este cartel con Eme. Entonces comentaste algo con ella a vuestro paso. No sabes qué dijiste, pero recuerdas que os reíais por algo. Luego le hiciste esta foto que ya habías olvidado. En alguna parte has leído que una fotografía es un inventario de la mortandad. En ellas dices lo que se pierde. Como el narrador proustiano y su registro fragmentario del tiempo. Esta imagen. 185KB. Aquello que ya no puedes recuperar es lo único que tienes. Se agotan los últimos días de invierno y en su forma de suceder los sientes casi perfectos.

 

En sus Crónicas marcianas,  Ray Bradbury dice en boca de uno de los personajes que el arte no es más que la derivación de un deseo frustrado. A veces creo que lo mismo podría sucederle a aquel que escribe y tacharía entonces donde dice el arte para anotar en su lugar que escribir no es más que la derivación de un deseo frustrado.

 

 

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Husmeando por la librería me encuentro con esta joya exquisita de Sebald. El mal tiempo del pasado fin de semana me hace recordar a Robert Walser, el más solitario de los escritores solitarios, que paseaba con un paraguas siempre colgado del brazo. Incluso en los días de sol.

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Hace unos meses los chicos de La Galla Ciencia se empeñaron en que una revista de poesía era posible y se pusieron manos a la obra y a trabajar duro. El otro día me dieron unos ejemplares del primer número donde he tenido la suerte de participar y vivir de cerca algunos de esos buenos momentos que se dan en los inicios de las cosas hechas con esmero e ilusión.

Esta mañana la he reservado a leer con calma los poemas que integran el primero número de la revista, a oler y tocar sus páginas, a mirar y detenerme en sus ilustraciones. Y me gusta. Me gusta la revista. Me gusta la actitud de estos gallos. Me gusta la convicción con la que han decido llegar para quedarse. Me gusta porque han construido un lugar necesario desde donde lanzar la botella lo mas lejos posible.