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Archivos Mensuales: julio 2014

Foucault considera la escritura como un ejercicio de producción de verdad en el sujeto. La escritura es entendida como instrumento de mediación sobre uno mismo, como tecnología del yo. De tal manera, si la escritura es una herramienta de emancipación del sujeto, el poema puede ser entendido, en cierto modo, como aquel espacio donde le sucede la posibilidad decirse a sí mismo, de darse para sí. El poema acaece como región de intervención del sujeto en el momento de la escritura. 

 

 

 

Hace un tiempo tuve la ocasión de presentar a Cristina Morano en el ciclo “Poetas en el Museo” celebrado en el Museo Ramón Gaya . Con motivo de la publicación de Cambio Climático, he querido recuperar algo de lo que dije entonces aquella tarde.

 

Uno escribe y lee para descubrir o para intensificar a través del lenguaje la experiencia. Pero igual no. Igual esto no es del todo cierto. Igual uno no lee ni escribe para descubrir ni para encontrar, sino como forma para  tomar conciencia. A veces la poesía es el mejor geolocalizador de uno mismo. A veces la poesía es el mejor dispositivo para circunscribir la posición concreta, el punto minúsculo, exacto, único, precario que ocupas en el mundo.

La poesía es lenguaje, de acuerdo. Pero puede ser  también mucho más que eso. La escritura de Cristina Morano, por ejemplo, es un acto de resistencia. Los libros de Morano van construyendo un corpus coherente, entrelazado y consistente, fiel hacia sí mismo. En sus versos hay algo que escuece. Algo que escuece y no se puede salvar. Pero, como todo lo que que escuece, cura. La escritura de Morano, cruel, muchas veces cruel, irónica, sin eufemismos, es un buen antídoto contra este tiempo raro. En ella hay algo que nos defiende y nos salva. Algo que nos defiende de nosotros mismos y nos salva de toda nuestra obediencia, de nuestra autocomplaciencia, nuestra bien manera de pensar.

Un libro, un libro de poemas, no alcanza. Es difícil. Un libro de poemas es difícil, no basta solo para algo. Pero sí, estoy convencida, es capaz de hacernos un poco más sabios, un poco más conscientes, un poco más felices, incluso. Un libro de poemas, cualquier poema, puede suscitar otros lugares de enunciación. A pesar de sus versos lacerantes, a pesar de su escozor o, precisamente por eso, porque sabe doler y sus versos conocen la herida de la piel bajo la piel. La escritura de Morano rebasa hacia otros emplazamientos, dice otros lugares desde donde abrir pasadizos de descarnada lucidez, mediante la disensión y el cuestionamiento.

Cristina Morano tiene un modo de entender la poesía que denota compromiso y denuncia. Como afirma Pablo García Casado, es una observadora de una realidad en conflicto permanente consigo misma. Como la voz del animal nocturno, su escritura es un aullido de supervivencia. Es una caída al texto del sujeto político, de la mujer como ese sujeto político capaz de señalar la praxis del poder y evidenciar su colapso. En los poemas de Morano se nos descubre el poco bienestar que existe en este maltrecho Estado de Bienestar. Su escritura siente muy clara la conciencia de pertenecer a una clase doblemente subalterna, doblemente explotada por el hecho de ser mujer y de clase trabajadora. Casi todos sus poemas, como dije, son un acto de resistencia y es imposible evadirse de esa responsabilidad. Ningún poema te deja en paz. Todos quieren algo. Son devastadores, lúcidos, estimulantes, descarnados. No sabría cómo explicarlo: pura carcoma sobre la piel.

Se puede decir más. Se puede decir mejor. Pero ahora prefiero invitarles a leer y me limitaré a decirles: el que tenga ojos que lea y el que tenga oídos que escuche los poemas que los tiempos actuales merecen.

 

Cristina Morano (Madrid, 1967). Escritora y diseñadora gráfica. Ha publicado los libros Las rutas del nómada (Aula de Poesía de la Universidad de Murcia, 1999); La insolencia (Universidad Popular José Hierro, 2001); El arte de agarrarse (La Bella Varsovia, 2010), con prólogo de Julia Otxoa y epílogo de Pablo Gª Casado; El ritual de lo habitual (Amargord, 2010)  y Cambio climático (Bartleby, 2014). Ha sido antologada en La manera de recogerse el pelo. Generación blogger, del antólogo David González (Bartleby, 2010); y en Esto no rima, antología de poesía indignada del 15-M, recopilada por Abel Aparicio.

Como diseñadora gráfica trabajó durante 14 años (1998-2012) en la agencia Tropa, colaborando en el diseño de, entre otros, los catálogos Desde el puente de los años, sobre Paul Celan y su esposa en el Círculo de Bellas Artes de Madrid; el libro conmemorativo del Centenario de Carmen Conde para el Ministerio de Cultura; el catálogo de Sutura, hibridación y reciclaje, colaboración entre David Delfín y ORLAN para el Espacio AV, así como en la serie de libros del Centenario de Ramón Gaya.

 

Publicado en El Coloquio de los Perros

Hace unos días tuve la ocasión de conocer la librería La Cosmopista. Como la de Christopher Morley, es una librería ambulante que recorre carreteras y lugares con el fin de acercar libros a la gente. La cosmopista: Bed & Books comenzó a rodar en París este mes de febrero y ya anda por la costa almeriense. La cosa empezó emulando aquella expedición que emprendieron allá por 1968 Julio Cortázar y Carol Dunlop y que tan bien se recoge en el librito que tiempo después publicaron con el nombre de “Los autonautas de la cosmopista. Un viaje atemporal París – Marsella”. Estos días ando fascinada con La Cosmopista, una librería tan bella como insólita, y buscando la edición publicada por Muchnik de aquel libro de Cortázar que ya es, sin duda, una auténtica joyita editorial