La soledad del corredor de fondo

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Escribir se asemeja a correr. Es una soledad. Piensas en la escritura como la soledad del corredor de fondo y te viene la imagen de Colin Smith a través de los campos de Nottingham. Marguerite Duras entendía la soledad de la escritura como aquella sin la que el hecho de escribir no se produciría y supones que algo similar le ocurre a todo aquel que corre. Escribir sino correr, te dices. Blanchot consideraba que el diario no deja de ser una manera angustiosa de retardar la soledad fatal de la escritura. Como cuando retrasas el momento de calzarte las zapatillas para salir de casa y deambulas como un animal confuso a través de las habitaciones. Una forma de demora. Escribir es una soledad. Pero es el cuerpo también. Es actividad orgánica. No se escribe sólo con los dedos, sino con el cuerpo. Escribes con todo el cuerpo. Es una labor física. Piensas: las pulsaciones del teclado como las del cuerpo y presionas las teclas, tanteas cada palabra, las recorres para unirlas. Tecleas como una zancada le sigue a la otra. Avanzas. No, no avanzas. Es un ir hacia dentro. Vas hacia dentro. Es un adentramiento, te dices. Es la soledad lo que transitas.

 

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