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Archivos Mensuales: abril 2015

Me gusta Jabés cuando escribe que el desierto es como un vacío en derredor del cual se construye la palabra. Me gusta cuando dice que la escritura como el desierto es antes que nada una herida de arena. Hay una ausencia inscrita que se interna adentro de las palabras que la escritura jabesiana sondea.

La escritura como errancia.

Me gusta pensar que Edmond Jabés fue un escritor entregado al deseo de deambular extraviado y en silencio. Me digo que uno siempre está solo escribiendo la extensión ilimitada de su propia diáspora. Anoto en el cuaderno que escribir es adentrarse en un territorio vacío.

El desierto y la página en blanco.

Alguien dice que la escritura es un camino que no tiene fin, un trayecto siempre por hacerse. Como el Robinson de Daniel Defoe del que habla Magris, interpongo entre la soledad y yo una red de palabras, encuentro en los libros la oración que recitan los salvados del naufragio.

 

 

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Con motivo del Día del Libro la revista cultural C’Mon!Murcia nos pidió que recomendáramos un libro especial, uno de esos que nunca abandonan nuestra mesita de noche, que parecen hechos de una parte de nosotros mismos. Esto fue lo que le conté a Araceli Muñoz:

cmon “Un libro abierto y discontinuo, un absoluto work in progress que Pessoa dejó escrito como a la sombra de sí mismo, como para mostrar que a través de la escritura el sujeto se desgarra y multiplica hasta ser muchos: Vicente Guedes,  Bernardo Soares, Fernando Pessoa. Distinto e idéntico, siempre el mismo y siempre diferente en cada una de sus ediciones. El Libro del desasosiego no es pero al mismo tiempo es dietario y ensayo, poesía y relato. Uno de esos libros que llegan y resultan aparecer en el momento justo para convertirse en una parte de nosotros mismos.”

Me acuerdo de lo mucho que odiaba las clases de gimnasia.

Me acuerdo que cuando llovía no podíamos salir al patio del colegio.

Me acuerdo de las monedas de cinco duros a las que les pasábamos un cordel con un nudo para conseguir girar el trompo.

Me acuerdo de cuando jugábamos al escondite en casa. El mejor lugar para desaparecer era siempre en los armarios. Hasta que aparecía mamá.

Me acuerdo de las tardes inagotables de verano en bicicleta.

Me acuerdo de cuando M.J. se rompió el brazo y desee que me hubiera sucedido a mí también para que toda la clase me escribiera dedicatorias en la escayola.

Me acuerdo de las piñatas llenas de caramelos en los cumpleaños.

Me acuerdo de las manos de mi abuela.

Hace unos cuantos años Georges Perec publicó un libro, Je me souviens, compuesto por cuatrocientas ochenta anotaciones que comienzan todas bajo la misma fórmula, todas con las palabras me acuerdo. Inspirado en el libro I remember de Joe Brainard, Perec se propuso enunciar únicamente el poso mínimo de los recuerdos, el breve esqueleto que dejan las cosas al desaparecer.

Una de los aspectos más hermosos de este libro es que el editor agregó, por petición de Perec, unas páginas en blanco al final para invitar a los lectores a contribuir en el experimento con la escritura de sus propios me acuerdo. Desde entonces, las ediciones de esta publicación incluyen estas páginas finales destinadas a la escritura del lector.

De esta forma, Georges Perec hizo de la escritura de este libro una cuestión interminablemente infinita al quedar abierta de manera permanente a la colaboración de otros. De igual manera, con este gesto Perec parece querer decirnos que en esencia la literatura y los libros también son eso: artefactos que nos hacen conscientes del tiempo que habitamos, repositorios de memoria que nos recuerdan quienes fuimos.

Georges Perec, Me acuerdo. Prólogo, traducción y notas de Yolanda Morató. Córdoba: Berenice, 2006.

1. – Por la desnudez de su escritura.

2. – Porque Memoria errante también.

3. – Porque reúne poemas que dicen lo que se aleja y queda, lo que nos está abandonando, pero también del fracaso mismo que encierra la idea de escribir.

4. – Porque con muy pocas palabras, las mínimas, no borra sino reconstruye la casa que resguarda, aquello que somos.

5. – Porque son ochenta y cinco poemas en los que la escritura sobria, breve, extrema deviene limite, raíz en la periferia del silencio.

6. – Porque frente a la creencia de la escritura como ejercicio contra el olvido, muchos de estos poemas dan cuenta de lo contrario: son presencias inacabadas que apenas enunciadas comienzan a desaparecer.

7. – Porque un poema: “Te voy perdiendo/ como si fueras de agua.// Tocar el dolor no puedo.// No puedo/ socorrer lo inasible.”

Borrar el paisaje es el tercer libro de poemas de Cristina Falcón. Despojado. Hiriente. Una lectura más que recomendable.

Borrar el paisaje, de Cristina Falcón Maldonado, Barcelona: Candaya, 2014.

Celan. Pizarnik. Duras. Quizá leer sea eso: vivir como otro, como una usurpación. Valente. Casariego. Yourcenar. Magris. Alguien dice: somos demasiado parecidos a nosotros mismos. Strand. Bolaño. Pavese. Quizá la literatura sea eso, inventar otra vida que bien pudiera ser la nuestra. Vilariño. Auster. Cortázar. Otra vida. Plath. Ángel González. A veces pasa. Pessoa. Dickinson. Somos demasiado parecidos a nosotros mismos. Sexton. Gamoneda. Calvino. Otra vida, dicen. Hesse. San Juan de la Cruz. Vila-Matas. Yo soy otro, le escribía Arthur Rimbaud a Georges Izambard en una carta fechada en Charleville, el 13 mayo de 1871. El 13 de mayo de 1871 fue sábado. Quizá no sea un dato importante, pero me ha parecido curioso. Bernhard. Walser. Carver. Quizá la literatura sea eso, inventar un doble que nos diga. Handke. Perec. Quizá esta sea otra de las formas en que  vida y escritura se cruzan. Kundera. Blanchot. Beckett. Constato que la literatura es una forma de estar en el mundo. Un forma diferente, de acuerdo. Lobo Antunes. Andrade. Letraherido. Cioran. Ribeyro. Soy un cuerpo enfermo de literatura.