archivo

Archivos Mensuales: abril 2016

 

entrada__

Sobre nada y otros escritos (Turner, 2015), es el maravilloso libro de ensayos breves de Mark Strand. El otro día al entrar en la librería Pynchon&Co me quedé con ganas de llevármelo a casa. Entrar a una librería es un peligro. Entrar a Pynchon es algo más que asumir ese riesgo. Uno sale de allí con ganas de llevarse a casa más libros de los que puede y acogerlos a todos y acariciarles el lomo y oler en sus páginas el olor a nuevo de los libros nuevos. No hay día que vaya a Pynchon y no tenga ganas de llevarme diez libros inmediatamente. Pero soy pobre y mi pobreza me lo impide y siempre me digo que la próxima vez. Y eso me dije el otro día, que la próxima vez, que Mark Strand la próxima vez.

Dice Strand que su tedio es un lujo. Leo en Babelia breves extractos de algunos capítulos del libro. Encuentro reflexiones brillantes. Strand dice que necesita del tedio, “una variedad del aburrimiento doméstico”, para llevar a cabo su escritura. No es el vacío, no es la desesperanza, no es la depresión. Su tedio es “la dulce monotonía de la vida cotidiana”, que le hace deambular por la casa libre y sin preocupaciones. Dice que “después de ese tiempo como parado, detenido, ensimismado, surge de nuevo una fuente de energía” que le conduce al trabajo.

Mark Strand, uno de los grandes. Lo dice bien César Antonio Molina: “Para mí hay dos grandes poetas canadienses: Strand y Anne Carson. Podría citar a otros, pero estos son suficientes para toda una literatura”. Nos quedan pocos tipos como Mark Strand.

 

Anuncios

portatilNo sé qué deciros. No sé qué decir. O me pregunta si quiero hablar. No sé si quiero hablar ahora. No tengo fuerzas. Hay días que tengo ganas de escribir y nada, nada que decir. Nada claro, quiero decir. Hoy es un día de esos. Hoy es abril, es jueves, no tengo claro que haya sido un mal día. Un tipo habla de la pérdida de fe en las palabras. Pero no se trata de eso. No es eso. Creo que no. No ahora.

En estos días leo que Joyce y Beckett se pasaban horas juntos sin hablar. Dicen que era para sentir confianza. Pues vaya. Los apaches, por lo visto, pueden permanecer callados durante semanas. Fomentan el silencio. Pues vaya. Dicen que cuando se enamoran, cuando regresa un hijo tras un tiempo, cuando alguien acaba de morir pasan días sin hablar para observar cómo han cambiado.

Leo estas cosas y repaso otras que he ido anotando en estos días y recuerdo el poema de José Emilio Pacheco Los días que no se nombran: “En vano trato / de recordar lo que pasó aquel día. / Estuve en algún lado, / hablé con alguien, / leí algún libro… / Lo he olvidado todo. / A tan sólo unos meses de distancia / parece que las cosas sucedieron / en el siglo XIV antes de Cristo”. Y anoto estas cosas en el cuaderno. Estas cosas que no le cuento a O, pero que aquí escribo para cuando las lea. ¿Acaso las leerá? Ahora, con el permiso de ustedes, voy a escribir esta entrada.

el-bello-verano

Me gustan las librerías de viejo en las que con algo de suerte es posible dar con pequeñas joyas. Me gusta que los libros que se pueden encontrar en ellas raras veces estén en perfecto estado de conservación. Me gusta detenerme en los pequeños defectos, un desgarrón quizá, que hace descender a estos libros a la categoría de segunda mano. Me gusta que todos tengan, sin embargo, una característica común: parece que aguardan pacientes a ser reconocidos. Me gusta que sólo sea necesario el delicado requisito de estar dispuesto a encontrarse con ellos. Me gusta El bello verano, de Cesare Pavese, que encontré por azar el otro día en una de ellas. Me gusta la foto que tomé entonces. Retengo imágenes que borra el tiempo para poder regresar a ellas. Pienso: la literatura y las librerías de viejo como ejercicios de melancolía. Pero esa es otra historia.

dias-aparte

Estos días, al llegar a casa, vuelvo a leer de nuevo algunos de los poemas que integran Días aparte, de José Rubio (Pre-textos). Hay algo en los versos de este poeta casi desconocido que parecen que redimen de la nada con la que el presente a veces se dice a sí mismo. Un autor al margen, pero no en los márgenes. Una poesía clara y limpia que indaga en versos íntimos, elegíacos y celebratorios en una visión machadiana de la temporalidad y la escritura. Así lo sugiere Terraza Costamarga, uno de los poemas centrales del libro:

Esta luz. El dorado / reflejo del aceite. El desayuno. / El silencio. Es temprano. / Se acerca a mí la sombra de una araña / diminuta / por el papel en blanco. / Enfrente el mar sin nadie. / He venido hasta aquí por estar solo, / pero en el fondo pienso en encontrarte. / Y te voy encontrando / poco a poco en mí mismo, / en esta soledad tan arropada / por lo que fuera tuyo, y hoy es sombra / de tu vida. En el aire, /  en la piel de esta luz pasa tu sombra. 

[Publicado en El coloquio de los perros, 02/04/2016]

.

El animal y la urbe es el primer libro de poemas de Olivia Martínez Giménez de León (Alicante, 1980) y, sin embargo, este libro de poemas no parece un primer libro de poemas. No lo parece por la madurez y seguridad que muestra la autora que bien marca desde el inicio. La poeta se confirma, así, con este poemario en una voz sólida y segura desde la que ha escrito un libro lleno de vida y de melancolía, pero también de amor, de un amor que abraza la experiencia de estar vivos con todos los sentidos.

Me ha emocionado el libro por su frescura, su lenguaje profundo y cotidiano. La autora, desde una voz singular, propia, se gesta en la indagación del yo personal para acercarse al hecho cotidiano y su poética familiar y revelarnos un autorretrato cambiante, abierto y flexible.
.
el-animal-y-la-urbeEste es un libro que no se escribe desde lejos, sino aquí, en la cercanía de un lenguaje accesible, que nos enfrenta a realidades que son engañosamente mínimas, pequeñas, intrascendentes, pero también significativas, valiosas, necesarias, como el hecho de que una conversación de sobremesa familiar devenga en un poema que hable sobre los miedos que nos muerden (Otra sobremesa), o como en la preparación de una ensalada de fruta se pueda concretar un acto de amor silencioso (Boles de fruta). Así, lo que podría ser anecdótico se convierte en algo esencial manifiesto en sencillas escenas comunes, habituales, como sucede en poemas como Espejo o Post- it o Respiraciones.
.
Esta segunda parte marca lo que podríamos considerar un enfrentamiento de la poeta a la realidad exterior donde concluye: Hay algo terrible en mí / que sin embargo me alimenta.Entre ambas partes del libro se intuye un hilo invisible, una trama secreta que atraviesa el poemario, una voz que se interroga para hablarnos sobre la identidad como el eje temático vertebrador que recorre El animal y la urbe y nos aproxima al trabajo actual de una poeta con voz propia, sólida y segura.
.

El animal y la urbe. Olivia Martínez Giménez de León.
Torremozas. Madrid, 2016. 66 páginas. 11 euros.