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Archivos Mensuales: mayo 2016

20. mayo. 2016 / Viernes. Acabo de llegar de visita a Alicante y siento que en apenas una hora ya tengo el ánimo más alegre, más vivo. Recuerdo una entrevista a Claudio Magris donde decía que una ciudad le gustaba si se imaginaba teniendo rutinas en ella. Viviría aquí y cenaría allá, un par de veces he pensado algo así. Un par de veces he deseado quedar ligada de esta manera a otras ciudades, a ese reconocimiento de las cosas que trae lo cotidiano.

22. mayo. 2016 / Domingo. Los apuntes más intrascendentes. La escritura invisible. Los días que no se nombran.

23. mayo. 2016 / Lunes. De un tiempo a esta parte acompaño algunos libros más densos con la lectura de algunos diarios. La semana pasada en mi visita a la biblioteca me llevé en préstamo uno de los últimos tomos del diario de Andrés Trapiello. Esta tarde tomo el camino más largo para volver a casa. Todo con la excusa de pasar por la librería. Llevo tiempo con ganas de hacerme con los diarios de Piglia. Pero parece que no hay forma. Voy con paso lento y al llegar la encuentro cerrada.

24. mayo. 2016 / Martes. Vamos al centro, a la terraza de un bar que ya empieza a ser habitual. Pedimos algo para cenar, en realidad, lo de siempre y charlamos un rato. Hacia el final se nos acerca una chica con un oferta en copas. Empezamos a suponer que los martes son los nuevos jueves.

25. mayo. 2016 / Miércoles. Uno de los diarios más impresionantes es el de Pavese. Tiene poco de frívolo y veleidoso. “Hoy, nada”, anotó un 25 de abril de 1936. Otro día escribe: “Siempre sucede lo más secretamente temido”.

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Encontrar en el mercadillo de los domingos una edición de El infinito viajar de Claudio Magris (Anagrama), me ha alegrado el día. Por eso no lo pienso mucho y me hago con él y me siento como quien encuentra un viejo tesoro. Una vez en casa lo coloco en la librería junto a otros libros del autor. Desde que leí El Danubio, Magris me ganó como lectora. Me pregunto por qué he tardado tanto en hacerme con este libro desde aquella primera lectura gracias a la Biblioteca.

Adoro el encanto de un cierto tipo de libros en los que el autor se interesa por la realidad para contarla, libros que amplifican la narración de lo cotidiano, libros en los que la propia vida respira en ellos. Pienso en los diarios, los libros de viajes o las memorias. Libros raros, gentiles, estimulantes. En  El infinito viajar no es el viajero sino el escritor el que reúne anécdotas, impresiones y reflexiones. Para Magris, vivir, viajar y escribir son tres facetas de una única experiencia que está en el origen de la literatura.

La idea principal que recorre el libro es que el viaje es lo anecdótico de la vida, porque, como dice Magris, la aventura más arriesgada, difícil y seductora que es la que se lidia en casa, “donde nos jugamos la vida, la capacidad o la incapacidad de amar y construir, de tener y dar felicidad, de crecer con valentía o agazaparse en el miedo”. A veces el mejor lugar para viajar es el cuarto propio. Es el espacio que nos demuestra que cualquier cosa se vuelve interesante si se mira de cerca.

 

 

5. mayo. 2016 / Jueves. “Debería existir una escritura de lo no escrito”. Estoy de acuerdo con Marguerite Duras. Llevo cincuenta y pico días sin tomar estos apuntes. Confieso que en algunos momentos he llegado a pensar que me había curado de la necesidad de tomar notas. Pero no.

7. mayo. 2016 / Sábado. ¿Por qué se escribe un diario? Me pregunto si el hecho de escribir en abierto merma en la capacidad de disfrutar del proceso, en esa espontaneidad de la escritura. Posiblemente obligua a ser más cuidadosos.

8. mayo. 2016 / Domingo. La nada como la página en blanco. Aunque a mi me parece que la página en blanco se encuentra también llena de prejuicios, de condiciones. En cierto modo intento borrarlas, tacharlas, reconducirlas hacia otro sito al escribir. No sé si lo consigo.

9. mayo. 2016 / Lunes. Esta semana pasada decía Manuel Jabois en El Cultural que el periodismo local le enseñó a prestar mucha atención a los detalles. Algo así me enseñan estos apuntes, esta escritura de cerca, en voz baja, que pasa sin atesorar nada.

 

libros

Si hoy fuese 23 de abril escribiría que cabo de salir la librería. Escribiría que he comprado Ebrio de Enfermedad, de Anatole Broyard (La uña rota, 2013) y Gatos, de Charles Bukowsky (Visor, 2016). Podría decir que salgo con buen ánimo y me dirigiría a la biblioteca para hacerme con Sólo una canción, de Mark Strand (Pre-Textos, 2004) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, de Patricio Pron (Random House, 2016). Me llevaría libros a casa como si no hubiera mañana.

Cuando llegase L. a mediodía diría que vivimos en un almacén de libros más que en una casa. En parte tiene razón, pero eso nunca se lo diría. A veces cruje la librería del cuarto y entonces la pregunta inmediata es cuántos kilos aguanta la estructura. Más que miedo a la muerte es miedo a una muerte ridícula. Nos imaginamos ahí, en el sofá, aplastados por los libros.

Es curioso que en plena era de la desmaterialización, cuando unos predicen la extinción del libro, otros encontremos motivos de sobra para su permanencia. Creo en el libro, en el libro como objeto, quiero decir. Creo en lo que se puede tocar, guardar, regalar, coleccionar. Creo más que nunca en la sencilla rebeldía del papel. Por qué se cree en los libros, le preguntaban el otro día en El País a Pilar Álvarez, editora de Turner. Es una especie de deslumbramiento, dijo. Algo de eso ocurre.