Una especie de deslumbramiento

libros

Si hoy fuese 23 de abril escribiría que cabo de salir la librería. Escribiría que he comprado Ebrio de Enfermedad, de Anatole Broyard (La uña rota, 2013) y Gatos, de Charles Bukowsky (Visor, 2016). Podría decir que salgo con buen ánimo y me dirigiría a la biblioteca para hacerme con Sólo una canción, de Mark Strand (Pre-Textos, 2004) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, de Patricio Pron (Random House, 2016). Me llevaría libros a casa como si no hubiera mañana.

Cuando llegase L. a mediodía diría que vivimos en un almacén de libros más que en una casa. En parte tiene razón, pero eso nunca se lo diría. A veces cruje la librería del cuarto y entonces la pregunta inmediata es cuántos kilos aguanta la estructura. Más que miedo a la muerte es miedo a una muerte ridícula. Nos imaginamos ahí, en el sofá, aplastados por los libros.

Es curioso que en plena era de la desmaterialización, cuando unos predicen la extinción del libro, otros encontremos motivos de sobra para su permanencia. Creo en el libro, en el libro como objeto, quiero decir. Creo en lo que se puede tocar, guardar, regalar, coleccionar. Creo más que nunca en la sencilla rebeldía del papel. Por qué se cree en los libros, le preguntaban el otro día en El País a Pilar Álvarez, editora de Turner. Es una especie de deslumbramiento, dijo. Algo de eso ocurre.

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