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Citas

El poema es un animal respirante o no es.
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El lenguaje poético como lenguaje consciente de su cortedad y de la sobreabundancia del significado. Las introducciones de San Juan de la Cruz.
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“Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto” (<<Tlön…>>, Antología, p. 113).
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La escritura no es un acto, es un estado.
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Sobre la corrección como acompañante de la creación: la corrección nunca es corrección de lo esencial. En el proceso de escritura la palabra tanteante se va encontrando o se va engendrando a sí misma. La corrección -después- consiste sólo en reajustes secundarios que la palabra esencial impone. El proceso de corrección pertenece al orden de la retórica, no al de la creación. El proceso prolongado al que el poema está sujeto es el proceso sumergido de su gestación. El poema gestado es el poema natural. El poema corregido o sobrecorregido es un producto artifical.  como de imposible gestación fuera del útero.
Es escritor no el que habla, sino el que deja hablar al lenguaje. “Monologo” en Fragmentos, Éd. Aubier Montaigne, pp. 72-73.
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Poesía, menester, oficio de tinieblas.
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Escribir es como la segregación de las resinas; no es acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, depósitos, fenómenos del fondo, y no del sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.
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“- La poesía ha sido mi heterodoxia” (María al teléfono).
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Max Frich en una entrevista antigua: “La gran cuestión para un escritor es la confrontación del lenguaje con la realidad. El lenguaje normal reproduce formas de poderes; la escritura revela, en cambio, el mundo escondido, es subversiva. El escritor no se retira a una torre de marfil, sino a una fábrica de dinamita. La impugnación del lenguaje dominante puede hacerse negativamente, por el silencio, o positivamente, imaginando nuevas formas de expresión”
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No se llega a ser escritor más que cuando se empieza a tener una relación carnal con las palabras.
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Escribir por espera, no en la locución sino en la escucha de lo que las palabras acaso van a decir. (…) Escribe y destruye continuamente lo escrito.
.No es mensurable el poema por la extensión. El poema muy breve puede ser muy largo en el único plano en que el poema acaso sea mensurable, el de la duración. Busquemos el poema, a veces muy breve, capaz de engendrar la duración.
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El poema no es ni corto ni largo. No se mide en el plano de la extensión, sino en el de la duración.
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Las palabras crean espacios agujereados, cráteres vacíos. Eso es el poema.
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El otro es mi yo disidente.
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En definitiva, todo libro debe arder, quedar quemado, dejar sólo un residuo de fuego.
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Cuando en el camino hacia la escritura percibimos un ritmo, una entonación, una nota, algo que es, sin duda, de naturaleza radicalmente musical, algo que remite al número y a la armonía, la escritura, ha empezado a formarse. Escribir exige, ante todo, del oído una gran acuidad.
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Se escribe por pasividad, por escucha, por atención extrema de todos los sentidos a lo que las palabras acaso van a decir.
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Una palabra -tú sabes:
un cuerpo.
(Paul Celan)
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Memoria y recuerdo: la memoria es el vasto territorio que contiene lo que no recordamos.
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A veces veo escrita la palabra poeta y me produce horror.
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No es el ocultarse o el no mostrarse, sino el disolverse o desaparecer.
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En: José Ángel Valente
Diario anónimo (1959-2000)
Eds. Andrés Sánchez Robayna
Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2011
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Mark Strand: “En un campo/ yo soy la ausencia / de campo. / Esto es / siempre así. / Donde sea que esté / yo soy lo que falta. / Cuando camino /parto el aire / y siempre / el aire ingresa / a llenar los espacios / donde ha estado mi cuerpo./ Todos tenemos / razones / para movernos. / Yo me muevo / para dejar las cosas intactas.”

 

Mark Strand, Durmiendo con un ojo abierto, 1964

Aquello que Walter Benjamin dice en el Libro de los Pasajes. Aquello sobre la forma en que el poeta escarba, rebusca, recoge el desecho, lo que queda después de lo que hubo, para decir la ruina con los harapos del lenguaje:

«He aquí un hombre que ha de recoger la basura de una jornada de la capital. Todo lo que la gran ciudad desechó, todo lo que perdió, todo lo que despreció, todo lo que hizo pedazos, él lo registra y lo recoge. Coteja los anales del exceso, el Cafarnaún de los desechos. Clasifica las cosas, hace una selección acertada; se comporta como un avaro con su tesoro reuniendo las basuras que, entre las mandíbulas de la diosa industria, se convertirán en objetos útiles o agradables.» Esta descripción es una única y prolongada metáfora del proceder del poeta según el sentir de Baudelaire. Trapero o poeta, a ambos les conciernen los desechos.”

Walter Benjamin, Libro de los Pasajes, Madrid: Akal, 2005

Esta tarde husmeando en la biblioteca me asalta Roland Barthes con Fragmentos de un discurso amoroso, un libro de lectura necesaria al que volver una y otra vez. Un libro a medio camino entre la actual entrada de blog y la breve anotación narrativa:

“El lenguaje es una piel. Yo froto mi lenguaje contra el otro. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal voz una forma literaria de este coitus reservatus: el galanteo).”

Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Madrid: Siglo XXI, 2000