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Détour: Escrito a lápiz

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Palabras, pese a todo: Samuel Beckett o la escritura del desasistimiento

Cada palabra es una mancha innecesaria en el silencio y la nada, dijo, como si traer el silencio fuera el papel del lenguaje. Según García Landa* podemos pensar en ese silencio como una manifestación del caos que Beckett quiere acomodar en el interior de su escritura. En el interior de la obra de Beckett todo se deshilacha. Es una devastación. La extenuación de las palabras, su fractura, el rompimiento del lenguaje y del silencio. Su escritura marca el fin de la estructura narrativa, también el de la Modernidad. Es quiebra, grieta, fisura. Beckett propone una escritura que se niega a sí misma, una escritura concebida como tachadura, como borrado, como una forma de despojamiento. Alguien dice que en Beckett asistimos a la creación de una poética radical. Algunos autores consideran que en el propio ejercicio de su escritura se tachaba a sí mismo, como como un modo de decir desdiciéndose. Exacto, terminal, doliente, el lenguaje en Beckett se asoma al abismo, profundiza un grado más en ese proceso dedesasistimiento que caracteriza a la radicalidad de su escritura. La escritura me ha llevado al silencio, dirá en 1968 a Charles Juliet**, sin embargo tengo que continuar… Estoy frente a un acantilado y tengo que seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar unos cuantos miserables milímetros (…). Para avanzar así, hasta el núcleo del más íntimo silencio. Pese a todo. Aún. Todavía. Escribir. Seguir diciendo, seguir escribiendo. Palabras, pese a todo.

*José Ángel García Landa, ‘Silence Once Broken’: Metalenguaje y Clausura Narrativa en Beckett, en Miscel-lània homenatge Enrique García Díez (Valencia: Universidad de Valencia, 1991), págs. 117-28.

**Charles Juliet, Encuentros con Samuel Beckett, Madrid: Siruela, 2006.

Collage: Francisca Pageo

[Publicado en revista Détour, 8/01/2016]

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Uno. Escribir para ausentarse.

Vicente Guedes, Bernardo Soares, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis: Fernando Pessoa crea una obra heteronímica, una especie de juego teatral hecho de las voces en las que se encarna en la escritura. Alguien dice que lejos de entender la escritura como dispositivo de integración del yo, el escritor portugués parece asimilarla como un ejercicio de producción de otredad. Pessoa anuda a la escritura su afán de borrarse. Escribe para ausentarse. Muestra la desaparición del sujeto como un hecho intrínseco al acto de escribir.

Dos. Devenir-otro.

Para crear, me he destruido; me he exteriorizado tanto dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriomente. Soy el escenario vacío por donde pasan varios actores representado varias piezas.

Tres. Un exilio de sí.

Como un exilio de sí, Pessoa entiende la escritura como vaciamiento, como estrategia de borramiento y disolución a través de la cual es posible poner en cuestión el estatuto del yo. Alguien dice que en un poema dice: yo soy nada, soy los alrededores de una ciudad que no existe. Pessoa desaparece siendo otros, muestra los pliegues del sujeto, las líneas de sombra que se depositan bajo la superficie del yo.

Cuatro. Como una geometría del abismo.

Yo, realmente yo, soy el centro que no hay en todo esto sino como una geometría del abismo; soy la nada en torno a la cual gira este movimiento sólo por girar, sin que ese centro exista por otra razón que no sea la de que todo círculo lo tiene. Yo, verdaderamente yo, soy el pozo sin paredes, pero con la viscosidad de las paredes, el centro de todo con la nada en torno. (…) El abismo, en una primera lectura, suena como si fuera el final del camino. Pero cada vez estoy más convencido de que el abismo es el propio camino. Es decir, que no hay camino sin abismo.

Cinco. La escritura del desasosiego.

Hace unos meses Pre-Textos publicó una nueva edición del Libro del desasosiegopreparada por Jerónimo Pizarro y traducida por Antonio Sáez Delgado. Reconozco que el Libro del desasosiego es una de esas obras que nunca abandona la mesita de noche, una de esas que parece que el destino nos tiene guardadas. Una obra maestra, un libro abierto y discontinuo, un absoluto work in progress que Pessoa dejó escrito a la sombra de si mismo como para mostrar que a través de la escritura el sujeto se desgarra y multiplica hasta ser muchos. Distinto e idéntico, siempre el mismo y siempre diferente en cada una de sus ediciones, el Libro del desasosiego no es pero al mismo tiempo es dietario y ensayo, poesía y relato. Uno de esos libros que llegan y aparecen en el momento justo para convertirse en una parte de nosotros mismos.

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[Publicado en Détour, 03/07/2015]

Collage: Francisca Pageo

1.

Me gusta eso que dice Luis Antonio de Villena cuando dice que Cernuda amaba la galaxia de la soledad  y que nunca renegó de ella. Me gusta eso de la galaxia de la soledad.  Imagino a Cernuda vistiendo un traje espacial, a Cernuda al borde de la ingravidez, a Cernuda vagando a la deriva en el espacio y me viene por alguna razón que desconozco la melancolía de la letra de aquella canción de Antònia Font, Batiscafo Katiuskas. Son extrañas las relaciones, estas cadenas asociativas que onda a onda  se convierten en estructuras resonantes dentro de mi cabeza.  Me digo que así como les sucede a los astronautas en sus viajes espaciales, el submarinista desciende al fondo de los mares, que es igualmente un planeta desconocido donde tampoco hay gravedad. Me digo que ambos levitan en una inmensidad oscura y silenciosa que es a veces la soledad y pienso en aquel libro de Jonathan Lethem.

2.

Me gusta ese libro y el título de ese libro que, pasado el tiempo, terminaría siendo el nombre también de un disco de Parade. La fortaleza de la soledad es un disco más que bello: fascinante.  Me gusta que la fortaleza de la soledad sea también la ciudadela secreta de Superman, una especie de segunda residencia que se apaña Clark Kent cuando deja de ser Clark Kent. Algo así como la casa de la playa pero en el Ártico. Cosas de superhéroes, digo yo.

3.

Me digo que quizá la fortaleza de la soledad es también aquella habitación con una cama, un pequeño escritorio y un jardín tras la ventana en la que pasó Emily Dickinson la mayor parte de su vida. Podría estar más sola sin mi soledad, dice en uno de sus poemas. Sigilosa e invisible, Dickinson vivió siempre en la misma casa en la que había nacido. Escribió a la sombra de ella misma, como quien se queda tras de sí para no desaparecer, como quien teje y se desteje todo el tiempo, incansablemente. Quien no sepa encontrar belleza en ese construir y destruir que es también la escritura, Emily Dickinson no le gustará. No publicó un solo libro en vida, pero en su encierro voluntario en la habitación de su casa en Amherst, construyó una de las obras más sólidas de la literatura universal.

4.

Esta tarde leo a Emily Dickinson en aquel libro tan bello que Nórdica publicó hace un tiempo y que en unos días regalaré a S. por su cumpleaños. El viento comenzó a mecer la hierba. Me gustan las palabras que Juan Marqués dedica a la obra de Dickinson en el texto de presentación del libro. Me gusta que Enrique Goicolea, traductor especializado en la obra de la poeta, afirme que mientras Whitman nos muestra una escritura diurna, Dickinson nos revela otra nocturna. En alguna parte he  leído que Ernesto Sábato decía que la escritura diurna intenta entender el mundo, quiere dar sentido a las cosas, expresar una percepción de la realidad. En la escritura nocturna, sin embargo, el escritor se enfrenta con algo de sí mismo, algo de sí mismo que desconoce, rostros de lo real que le revelan epifanías que hasta el momento ignoraba.  La escritura en Emily Dickinson tropieza frente a frente con su yo disidente, hace que en ella se insinúe un componente nocturno. Esta tarde leo algunos de sus poemas para decir que la noche viene, para decir que la noche cae y me conmueve pensar que alguien haya sabido extraer en un espacio de dimensiones tan breves como una habitación, el material necesario para crear un universo poético que no se agota nunca.

[Publicado en Détour, 01/05/2015]

Collage: Francisca Pageo

 

Dijo adiós, me retiro de la literatura. Se acabó. Némesis será mi último libro. Supongo que entonces ninguno le creímos. Pero se acabó. Dijo adiós. Se retiró de la literatura. Aquel día de otoño en su apartamento contó a un periodista que no volvería a hacer lo mismo, que no volvería a escribir. A los setenta y nueve años de edad, Philip Roth quería saber si había perdido el tiempo escribiendo. Eso dijo. Esta tarde, mientras rastreo entrevistas en hemerotecas en la Red, leo que días antes, cuando le preguntaron sobre el consejo que daría a un joven escritor que empieza, respondió: “Para, deja de escribir”. Eso dijo, eso dijo que diría: para, deja de escribir. Eso mismo se dijo tiempo después a sí mismo. En cierta ocasión le preguntaron qué había aprendido tras décadas dedicado a la escritura, sin vacilar respondió que no volvería a hacer lo mismo, no volvería a escribir, posiblemente sería cualquier cosa menos ser escritor, comentó.

Hace más de un año Alice Munro también anunciaba que dejaba de escribir. Declaró, además, sentir un enorme alivio al tomar la decisión. No sé si es posible para un escritor dejar de escribir, ni qué es para un escritor dejar realmente de escribir. Es posible que escriban apuntes, pequeñas notas en un cuaderno que luego dejen olvidados en cualquier rincón de la casa o terminen tirando a la basura. Es posible, quién lo sabe. El abandono de la escritura no es nada nuevo en la literatura. Rimbaud es sin duda el caso más conocido, pero no el único.  Pienso en Salinger, David Foster Wallace, Juan Rulfo. Todos ellos podrían ser casos de estudio.

Según dicen para Joseph Conrad escribir era una tortura. Stephen King dice que intentó jubilarse, pero no pudo. Macedonio Fernández consideraba que cada escritor tiene una cantidad limitada de libros dentro sí mismo. Una vez escritos todos ellos, no hay nada que hacer. En el año dos mil once, Philip Roth decidió dejar de escribir de una vez por todas. Hice lo mejor que pude con lo que tuve, dijo. En alguna parte he leído que aquel día pegó un post-it sobre su ordenador en el que había escrito “la lucha con la escritura ha terminado”. Dicen que desde entonces lo mira todas las mañanas con un gran alivio.

[Publicado en Revista Détour]

Imagen: Francisca Pageo

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Esbozo una entrada sobre Robert Walser que quizá nunca escriba.  Leo sus poemas, repaso alguna de sus novelas, sus microgramas escritos a lápiz, algunos ensayos. Busco imágenes, intento averiguar algo de él a través de esas fotografías. Trazo aproximaciones a un escritor que, en su afán de ocultamiento, fue el fantasma de su propia desaparición. Anoto en el cuaderno palabras que dicen borramiento y desaparición. Pienso en los paseos de Walser y me digo que el suizo fue un escritor entregado al deseo de deambular extraviado y en silencio. Escribo aquello que alguien dijo, aquello de que en Walser la realidad como su escritura están en un proceso de desintegración constante, de perdida y destrucción de la propia identidad.

Tenía cerca de setenta y ocho años cuando murió mientras daba uno de sus largos paseos por la nieve. Fue un día de Navidad de 1956 cerca del manicomio de Herisau, donde pasaba los últimos años de su vida.  Se dice que un grupo de niños encontró su cuerpo tendido en la nieve con la mano en el corazón. Intento revelar algo que no sé del silencio en las fotos que encuentro de Robert Walser sobre la nieve. Imagino su cuerpo caminando sobre los campos nevados tarde tras tarde y me digo que quizá escribir sea eso, caminar sobre la nieve, ocupar una blancura.  Leo que alguien dice que el universo literario de Walser giró en torno al deseo de huir, de no ser nadie y perderse como en sus paseos. En la entrada que no escribiré diré que no dejó más que huellas en la nieve poco antes de morir.

La palabra disolución explica algo de Robert Walser. Buscaría, entonces, analogías entre Blanchot y Walser, entre la formación y disolución del sujeto en la escritura. Tejería vínculos también entre Walser y Perec y el interés de ambos por narrar lo mínimo, lo infraordinario. Exploraría semejanzas entre Hölderlin y Walser, cuyos destinos y obsesiones fueron tan similares al final de sus vidas. Admirado por escritores como Thomas Mann, Canetti, Walter Benjamin o Magris, fue reivindicado por Hesse, Kafka o Musil. Alguien dice que lo que le gusta de Robert Walser es algo que, como la nieve o la ceniza, se deshace. Y es eso y así lo anoto, como una especie de residuo o resto aún más débil. En alguna parte he leído que Sebald lo describió como el más solitario de los escritores solitarios y que Elias Canetti lo consideraba el más oculto de todos los escritores. En la entrada que no voy a escribir intentaría explicar que Robert Walser caminaba como escribía, siendo rastro y disolución, un cuerpo que avanza hasta ser una breve sombra en la soledad de la nieve.

[Publicado en Revista Détour]

Imagen: Pelayo Ortega, Robert Walser