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Escrito en el cuaderno

De todos los rasgos específicos de la obra y pensamiento de Duchamp, uno de los más fascinantes es el término infraleve. Para el artista francés viene a definir el gesto mínimo, sutil, apenas perceptible: el calor de un asiento que acaba de dejarse, el sonido del roce de los pantalones al caminar, las puertas del metro cuando alguien pasa en el último momento, las caricias, el aliento vital sobre los espejos.

Lo posible es un infraleve, dijo Duchamp. En el fondo, se trata de la expresión mínima, la energía latente, perdida, que habla de lo que queda y lo que sobra, lo que no puede ser medido, lo que resta sin resto apenas perceptible y sin embargo. Apostar por lo infraleve permite un cambio de percepción sobre el conjunto de pequeños y casi inadvertidos cambios que suceden a diario en el ámbito de lo cotidiano.

La obra Aire de París habla por sí misma de esta idea, al tiempo que constituye un ready-made fundamental en la obra de Marcel Duchamp. La pieza es en sí misma una ampolla farmacéutica, vaciada de su contenido y envuelta de misterio. En 1919, los coleccionistas estadounidenses Walter y Louise Arensberg piden al artista que les traiga de su viaje a Europa novedades y aires de París. Durante su estancia, el francés piensa en llevarles un regalo de la ciudad. Se dirigió entonces a una farmacia donde pidió una ampolla de vidrio y construyó una gota de cristal con aire de París. A su regreso en Estados Unidos, ofrece a sus amigos una frágil y bella burbuja de vidrio en la que se depositan 50 cc del aire de París. La pieza es la cápsula protectora que guarda y envuelve el aire de una ciudad valiosa y vital para un Duchamp que en más de una ocasión se definió a sí mismo como un «respirador».

Bien mirado, Aire de París (1919) como infraleve no deja de ser una forma de señalar instantes en la contemplación de la vida cotidiana como el asunto en el que reside la verdadera materia del arte. Como el vaho sobre las superficies pulidas, el sabor del humo que queda en la boca al fumar, la distancia que separa a la sombra del suelo. Lo infrafino de nuevo, el gesto tenue, sutil, que queda en la orilla de las cosas. Algo parecido a lo que sucede en el conocido poema de Borges, titulado «Los justos». Algo así, gestos que se ignoran y parecen estar salvando el mundo a cada instante.

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

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[Publicado en Letras de Contestania, 29/03/2017]

portatilNo sé qué deciros. No sé qué decir. O me pregunta si quiero hablar. No sé si quiero hablar ahora. No tengo fuerzas. Hay días que tengo ganas de escribir y nada, nada que decir. Nada claro, quiero decir. Hoy es un día de esos. Hoy es abril, es jueves, no tengo claro que haya sido un mal día. Un tipo habla de la pérdida de fe en las palabras. Pero no se trata de eso. No es eso. Creo que no. No ahora.

En estos días leo que Joyce y Beckett se pasaban horas juntos sin hablar. Dicen que era para sentir confianza. Pues vaya. Los apaches, por lo visto, pueden permanecer callados durante semanas. Fomentan el silencio. Pues vaya. Dicen que cuando se enamoran, cuando regresa un hijo tras un tiempo, cuando alguien acaba de morir pasan días sin hablar para observar cómo han cambiado.

Leo estas cosas y repaso otras que he ido anotando en estos días y recuerdo el poema de José Emilio Pacheco Los días que no se nombran: “En vano trato / de recordar lo que pasó aquel día. / Estuve en algún lado, / hablé con alguien, / leí algún libro… / Lo he olvidado todo. / A tan sólo unos meses de distancia / parece que las cosas sucedieron / en el siglo XIV antes de Cristo”. Y anoto estas cosas en el cuaderno. Estas cosas que no le cuento a O, pero que aquí escribo para cuando las lea. ¿Acaso las leerá? Ahora, con el permiso de ustedes, voy a escribir esta entrada.

El término alemán hace referencia a las novelas cuyo núcleo es la figura del artista y en las que se narra la evolución y el destino de este. Como algunos han observado, en ocasiones, el protagonista es un reflejo autobiográfico del autor para la reelaboración de su propio discurso. Algunos buenos ejemplos de lo que los alemanes denominarían como künstlerroman los podemos encontrar en autores como Gothe, Dickens, Joyce, Duras, Sebald, Bernhard, Atwood o Roth. Aunque muchas de las obras de estos autores difiera de los principios que guían el fundamento conceptual del künstlerroman, en ellas encontramos el denominador común de la creación artística como salida que encuentran los protagonistas para resolver sus problemas.

En este sentido, uno de los valores claros dados a la literatura es su componente catártico. Esa dimensión purificadora es precisamente la marca que muchos atribuyen a la finalidad de la escritura y la creación artística en general. Sin embargo, además de una suerte de camino de salvación espiritual, en la escritura también puede percibirse la intensificación del síndrome que se busca paliar. Ay. Sospecho que la escritura también abre grietas, crea fisuras. Como un explorador del abismo, en la práctica de la escritura uno se entretiene en ese borde y lo estudia. No es bueno. Escribir no es necesariamente bueno. Pero puede ser también el más privilegiado de los estigmas.

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goodbye

1. – A veces parece /que estamos en el centro de la fiesta. /Sin embargo, /en el centro de la fiesta no hay nadie. /En el centro de la fiesta está el vacío. //Pero en el centro del vacío hay otra fiesta. 

2. – Leo a Juarroz. Me gusta su poesía reflexiva y austera, casi seca. Alguien dice que su escritura es una cristalización verbal: el lenguaje reducido a una gota de luz.

3. – Desde hace unos días suena esta canción luminosa y algo melancólica de Baxter Dury en mi cabeza.

4. – No sé si escribo esta lista por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. No sé.

5. – Escribir es como querer a alguien, no siempre parece merecer la pena pero el no rendirse genera de algún modo, tras un tiempo, un sentido inesperado. A veces consiste en eso, lo dice Miranda July.

6. – Ayer me acosté con la sensación de que el día había sido un completo fracaso. Hoy me parece más relativo.

7. – Borré este punto en revisiones.

8. – Borré también este punto que hablaba de un poema y decía algo así como que sólo las historias que perdemos nos pertenecen.

9. – Varujan Vosganian dice: yo soy, sobre todo, lo que no he podido realizar.

 

Andrés Neuman dice que se supone que un diario refleja nuestros pensamientos, experiencias y emociones, pero no es así. Dice que no es nada de eso. Dice que en realidad el diario las fabrica, que es la escritura aquello que crea nuestros pensamientos, experiencias y emociones. Después de todo, hay cuestiones que se convierten en vida real sólo al revivirlas en la escritura. Alguien dice que es en el lenguaje, en su uso autoconsciente, donde nos construimos. Podríamos decir eso: nos producimos en el lenguaje. Al fin y al cabo, inventar y recordar son tareas que se parecen mucho. Por eso, comenta Neuman, si no escribiéramos la realidad desaparecería de nuestra mente, nuestros ojos quedarían vacíos. Y anoto eso: nuestros ojos quedarán vacíos.

 

Me gusta Jabés cuando escribe que el desierto es como un vacío en derredor del cual se construye la palabra. Me gusta cuando dice que la escritura como el desierto es antes que nada una herida de arena. Hay una ausencia inscrita que se interna adentro de las palabras que la escritura jabesiana sondea.

La escritura como errancia.

Me gusta pensar que Edmond Jabés fue un escritor entregado al deseo de deambular extraviado y en silencio. Me digo que uno siempre está solo escribiendo la extensión ilimitada de su propia diáspora. Anoto en el cuaderno que escribir es adentrarse en un territorio vacío.

El desierto y la página en blanco.

Alguien dice que la escritura es un camino que no tiene fin, un trayecto siempre por hacerse. Como el Robinson de Daniel Defoe del que habla Magris, interpongo entre la soledad y yo una red de palabras, encuentro en los libros la oración que recitan los salvados del naufragio.

 

 

Celan. Pizarnik. Duras. Quizá leer sea eso: vivir como otro, como una usurpación. Valente. Casariego. Yourcenar. Magris. Alguien dice: somos demasiado parecidos a nosotros mismos. Strand. Bolaño. Pavese. Quizá la literatura sea eso, inventar otra vida que bien pudiera ser la nuestra. Vilariño. Auster. Cortázar. Otra vida. Plath. Ángel González. A veces pasa. Pessoa. Dickinson. Somos demasiado parecidos a nosotros mismos. Sexton. Gamoneda. Calvino. Otra vida, dicen. Hesse. San Juan de la Cruz. Vila-Matas. Yo soy otro, le escribía Arthur Rimbaud a Georges Izambard en una carta fechada en Charleville, el 13 mayo de 1871. El 13 de mayo de 1871 fue sábado. Quizá no sea un dato importante, pero me ha parecido curioso. Bernhard. Walser. Carver. Quizá la literatura sea eso, inventar un doble que nos diga. Handke. Perec. Quizá esta sea otra de las formas en que  vida y escritura se cruzan. Kundera. Blanchot. Beckett. Constato que la literatura es una forma de estar en el mundo. Un forma diferente, de acuerdo. Lobo Antunes. Andrade. Letraherido. Cioran. Ribeyro. Soy un cuerpo enfermo de literatura.