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Libros

El pasado año estuvo lleno de buenas lecturas. Buenas pero también dispares y algo anárquicas, todo sea dicho. Como no me guío únicamente por la actualidad y visito con cierta regularidad la biblioteca, suelo leer a lo largo del año algún que otro título fuera de las mesas novedades que tuvo notoriedad en temporadas pasadas. Eso sí, siempre leo en papel. Qué le voy a hacer. Mi querencia libresca es analógica, radicalmente. Me gustan los libros porque se pueden tocar, guardar, coleccionar. Me gusta aquello que decía Robert Gottlieb, que consideraba que publicar es esencialmente el acto de hacer público el propio entusiasmo. En cierto modo, esta entrada es eso mismo también: otra forma de compartir el entusiasmo. El que intuyo. El que está por venir. Estos son tres libros de 2016 que me entusiasmaran en 2017. Lo sé.

Rosa Ausländer, Aún queda mucho por decir, Sexto Piso.

Pascual Quinard, Pequeños tratados, Sexto Piso.

Jiro Taniguchi, Tomoji, Ponent Mon.

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Encontrar en el mercadillo de los domingos una edición de El infinito viajar de Claudio Magris (Anagrama), me ha alegrado el día. Por eso no lo pienso mucho y me hago con él y me siento como quien encuentra un viejo tesoro. Una vez en casa lo coloco en la librería junto a otros libros del autor. Desde que leí El Danubio, Magris me ganó como lectora. Me pregunto por qué he tardado tanto en hacerme con este libro desde aquella primera lectura gracias a la Biblioteca.

Adoro el encanto de un cierto tipo de libros en los que el autor se interesa por la realidad para contarla, libros que amplifican la narración de lo cotidiano, libros en los que la propia vida respira en ellos. Pienso en los diarios, los libros de viajes o las memorias. Libros raros, gentiles, estimulantes. En  El infinito viajar no es el viajero sino el escritor el que reúne anécdotas, impresiones y reflexiones. Para Magris, vivir, viajar y escribir son tres facetas de una única experiencia que está en el origen de la literatura.

La idea principal que recorre el libro es que el viaje es lo anecdótico de la vida, porque, como dice Magris, la aventura más arriesgada, difícil y seductora que es la que se lidia en casa, “donde nos jugamos la vida, la capacidad o la incapacidad de amar y construir, de tener y dar felicidad, de crecer con valentía o agazaparse en el miedo”. A veces el mejor lugar para viajar es el cuarto propio. Es el espacio que nos demuestra que cualquier cosa se vuelve interesante si se mira de cerca.

 

 

libros

Si hoy fuese 23 de abril escribiría que cabo de salir la librería. Escribiría que he comprado Ebrio de Enfermedad, de Anatole Broyard (La uña rota, 2013) y Gatos, de Charles Bukowsky (Visor, 2016). Podría decir que salgo con buen ánimo y me dirigiría a la biblioteca para hacerme con Sólo una canción, de Mark Strand (Pre-Textos, 2004) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, de Patricio Pron (Random House, 2016). Me llevaría libros a casa como si no hubiera mañana.

Cuando llegase L. a mediodía diría que vivimos en un almacén de libros más que en una casa. En parte tiene razón, pero eso nunca se lo diría. A veces cruje la librería del cuarto y entonces la pregunta inmediata es cuántos kilos aguanta la estructura. Más que miedo a la muerte es miedo a una muerte ridícula. Nos imaginamos ahí, en el sofá, aplastados por los libros.

Es curioso que en plena era de la desmaterialización, cuando unos predicen la extinción del libro, otros encontremos motivos de sobra para su permanencia. Creo en el libro, en el libro como objeto, quiero decir. Creo en lo que se puede tocar, guardar, regalar, coleccionar. Creo más que nunca en la sencilla rebeldía del papel. Por qué se cree en los libros, le preguntaban el otro día en El País a Pilar Álvarez, editora de Turner. Es una especie de deslumbramiento, dijo. Algo de eso ocurre.

 

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Sobre nada y otros escritos (Turner, 2015), es el maravilloso libro de ensayos breves de Mark Strand. El otro día al entrar en la librería Pynchon&Co me quedé con ganas de llevármelo a casa. Entrar a una librería es un peligro. Entrar a Pynchon es algo más que asumir ese riesgo. Uno sale de allí con ganas de llevarse a casa más libros de los que puede y acogerlos a todos y acariciarles el lomo y oler en sus páginas el olor a nuevo de los libros nuevos. No hay día que vaya a Pynchon y no tenga ganas de llevarme diez libros inmediatamente. Pero soy pobre y mi pobreza me lo impide y siempre me digo que la próxima vez. Y eso me dije el otro día, que la próxima vez, que Mark Strand la próxima vez.

Dice Strand que su tedio es un lujo. Leo en Babelia breves extractos de algunos capítulos del libro. Encuentro reflexiones brillantes. Strand dice que necesita del tedio, “una variedad del aburrimiento doméstico”, para llevar a cabo su escritura. No es el vacío, no es la desesperanza, no es la depresión. Su tedio es “la dulce monotonía de la vida cotidiana”, que le hace deambular por la casa libre y sin preocupaciones. Dice que “después de ese tiempo como parado, detenido, ensimismado, surge de nuevo una fuente de energía” que le conduce al trabajo.

Mark Strand, uno de los grandes. Lo dice bien César Antonio Molina: “Para mí hay dos grandes poetas canadienses: Strand y Anne Carson. Podría citar a otros, pero estos son suficientes para toda una literatura”. Nos quedan pocos tipos como Mark Strand.

 

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Me gustan las librerías de viejo en las que con algo de suerte es posible dar con pequeñas joyas. Me gusta que los libros que se pueden encontrar en ellas raras veces estén en perfecto estado de conservación. Me gusta detenerme en los pequeños defectos, un desgarrón quizá, que hace descender a estos libros a la categoría de segunda mano. Me gusta que todos tengan, sin embargo, una característica común: parece que aguardan pacientes a ser reconocidos. Me gusta que sólo sea necesario el delicado requisito de estar dispuesto a encontrarse con ellos. Me gusta El bello verano, de Cesare Pavese, que encontré por azar el otro día en una de ellas. Me gusta la foto que tomé entonces. Retengo imágenes que borra el tiempo para poder regresar a ellas. Pienso: la literatura y las librerías de viejo como ejercicios de melancolía. Pero esa es otra historia.

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Estos días, al llegar a casa, vuelvo a leer de nuevo algunos de los poemas que integran Días aparte, de José Rubio (Pre-textos). Hay algo en los versos de este poeta casi desconocido que parecen que redimen de la nada con la que el presente a veces se dice a sí mismo. Un autor al margen, pero no en los márgenes. Una poesía clara y limpia que indaga en versos íntimos, elegíacos y celebratorios en una visión machadiana de la temporalidad y la escritura. Así lo sugiere Terraza Costamarga, uno de los poemas centrales del libro:

Esta luz. El dorado / reflejo del aceite. El desayuno. / El silencio. Es temprano. / Se acerca a mí la sombra de una araña / diminuta / por el papel en blanco. / Enfrente el mar sin nadie. / He venido hasta aquí por estar solo, / pero en el fondo pienso en encontrarte. / Y te voy encontrando / poco a poco en mí mismo, / en esta soledad tan arropada / por lo que fuera tuyo, y hoy es sombra / de tu vida. En el aire, /  en la piel de esta luz pasa tu sombra. 

[Publicado en El coloquio de los perros, 02/04/2016]

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El animal y la urbe es el primer libro de poemas de Olivia Martínez Giménez de León (Alicante, 1980) y, sin embargo, este libro de poemas no parece un primer libro de poemas. No lo parece por la madurez y seguridad que muestra la autora que bien marca desde el inicio. La poeta se confirma, así, con este poemario en una voz sólida y segura desde la que ha escrito un libro lleno de vida y de melancolía, pero también de amor, de un amor que abraza la experiencia de estar vivos con todos los sentidos.

Me ha emocionado el libro por su frescura, su lenguaje profundo y cotidiano. La autora, desde una voz singular, propia, se gesta en la indagación del yo personal para acercarse al hecho cotidiano y su poética familiar y revelarnos un autorretrato cambiante, abierto y flexible.
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el-animal-y-la-urbeEste es un libro que no se escribe desde lejos, sino aquí, en la cercanía de un lenguaje accesible, que nos enfrenta a realidades que son engañosamente mínimas, pequeñas, intrascendentes, pero también significativas, valiosas, necesarias, como el hecho de que una conversación de sobremesa familiar devenga en un poema que hable sobre los miedos que nos muerden (Otra sobremesa), o como en la preparación de una ensalada de fruta se pueda concretar un acto de amor silencioso (Boles de fruta). Así, lo que podría ser anecdótico se convierte en algo esencial manifiesto en sencillas escenas comunes, habituales, como sucede en poemas como Espejo o Post- it o Respiraciones.
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Esta segunda parte marca lo que podríamos considerar un enfrentamiento de la poeta a la realidad exterior donde concluye: Hay algo terrible en mí / que sin embargo me alimenta.Entre ambas partes del libro se intuye un hilo invisible, una trama secreta que atraviesa el poemario, una voz que se interroga para hablarnos sobre la identidad como el eje temático vertebrador que recorre El animal y la urbe y nos aproxima al trabajo actual de una poeta con voz propia, sólida y segura.
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El animal y la urbe. Olivia Martínez Giménez de León.
Torremozas. Madrid, 2016. 66 páginas. 11 euros.